Fundido en negro

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Russian Red, segunda parte

El nuevo sencillo de Russian Red podría perfectamente ser un bonus track de su primer disco. Dos estrofas muy pegadizas, casi estribillos, sobre amor/desamor y un acompañamiento musical condenado a un segundo plano. En “I hate you but I love you”, Lourdes Hernández lo fía todo a la carta que le hizo vender 40.000 copias de su álbum de debut: su voz.

Conmovedora y sobre todo con un estilo propio, la voz de Lourdes Hernández y una guitarra acústica son todo lo que necesita un teatro para un buen concierto. Parece una apuesta lógica, si tenemos en cuenta que creó un casi género indie, que suena a ratos a folk y otros a pop, del que le salieron un buen número de seguidoras, algunas de ellas tan notables como Alondra Bentley y Annie B. Sweet.

Habrá que esperar a escuchar el resto de canciones del álbum “Lanzarote” para comprobar si es sólo una segunda parte de “I love your glasses” (2008). Si es tan bueno, merecerá la pena a pesar de la ausencia de novedades. En cualquier caso, será su alternativa y posible entrada en el mercado anglosajón, de la mano de una multinacional y del productor de grupos como Belle and Sebastian, Teenage Fanclub o The Delgados.

Escuchar “I hate you but I love you”

Eso también es Twitter

Leo bastante indignación en el timeline por el reportaje “Twitterrevolución” que publica hoy “El País Semanal”. La mayoría de las críticas son por la excesiva presencia en el texto de famosos usuarios de esta red social y porque, al parecer, lo que cuenta la periodista Delia Rodríguez no es Twitter. Vaya por delante que no sigo a ninguna de las personas, más o menos conocidas,  citadas en el reportaje. Pero lo que explican o lo que se dice sobre ellos también es Twitter.  Como lo son la información diaria muy variada y sin barreras, la conversación de famosos y/o anónimos, la revolución en las comunicaciones o el escaparate a los que se refiere el texto.

“Twitterrevolución” explica la red social y, para dar idea de su dimensión, se sirve de anécdotas de famosos con presencia habitual en Twitter. Podemos criticar que las las historias recogidas no son nuevas o que hay otras igual de significativas, pero no que sean ajenas a la red social. 

Utilizar las mediáticas “experiencias” de Bisbal, Pérez Reverte o Gerard Piqué sirven para enganchar al lector. Conviene recordar que no es una tesis doctoral, sólo un reportaje bien documentado en un dominical generalista que trata de explicar Twitter al filo de su quinto aniversario. Las recurrentes referencias a los famosos, a wikileaks o a su papel de catalizador revolucionario en el norte de África son una concesión a la audiencia. Tal vez sean esas licencias las que puedan animar al reticente a asomarse al tantas veces llamado patio y, una vez allí, encontrar su hueco. Porque Twitter es para cada uno lo que cada uno quiere que sea.

Me llama la atención que haya tanto empeño tuitero en poner barreras, en querer definir los usos de una herramienta, de una comunidad en continuo movimiento construida usuario a usuario porque #elpationoeseso. Para mí es un foro donde recibo mucha información, aporto lo que creo puede ser de interés, encuentro personas a quienes vale la pena escuchar, también algún troll, converso, debato e incluso, a veces, me río. Pero, afortunadamente, hay tantos Twitter como perfiles. Ese es su gran valor.

José Pastor, fotografía de un siglo

Tuve la suerte de poder hablar en un par de ocasiones con el fotógrafo José Pastor allá por el año 2002. Entonces, hacía revelar en la Agencia EFE, donde yo trabajaba, los carretes que hacía de las sesiones del Congreso de los Diputados para la revista “Época”. Superaba ya los 80 años, aunque por su vitalidad no los aparentaba. Su imponente figura, muy alto y con el pelo blanquísimo, la suavizaban su sonrisa y la naturalidad con la que hablaba de momentos de su vida, que lo eran también de la historia no tan lejana de nuestro país.

Recuerdo en concreto como contaba que se hizo piloto del ejército republicano casi por casualidad, una vez empezada la Guerra Civil. Debía tener poco más de 18 años cuando, junto a un amigo suyo, pensó que el periodo de formación les libraría de estar en el frente por unos meses. Contaba también el frío que pasaron y como para intentar aislarse de las bajísimas temperaturas en vuelo se ponían, sin éxito, cartones bajo la ropa. En sus palabras no había lamento ni rencor, sólo un relato de experiencia. La misma que le legitimó para recordarle a Dolores Ibárruri “Pasionaria”, una vez desaparecida la dictadura, que la guerra no la habían hecho los políticos, sino quienes como él fueron jóvenes en aquellos años.

José Pastor trabajó en la prensa del Movimiento, fue varias veces Premio Nacional de Periodismo Gráfico, estuvo en el gabinete de prensa de La Moncloa y ha sido casi el único que ha fotografiado la actividad del Congreso en todas las legislaturas de la democracia.

En 2007 la Asociación de la Prensa de Madrid editó el libro “José Pastor: Testigo del siglo XX”, que recoge gran parte de la obra del reportero gráfico. En una de las imágenes, se ve una valla con el cartel de la campaña de propaganda “25 años de paz” que el franquismo puso en marcha en 1964. Por debajo de la estructura metálica que sostiene el póster, pasa un pequeño rebaño de ovejas.

José Pastor falleció en la madrugada del jueves pasado, a los 91 años, y yo me quedo con las ganas de saber cómo habría hecho el retrato de la España de los casi cinco millones de parados y la jubilación obligatoria a los 67.